PÁGINAS DEL VIEJO ARMARIO (LIBRO AUTOBIOGRÁFICO DE FELIPE OSTERLING PARODI) PRÓLOGO DE LUIS BEDOYA REYES

Me llamaron para reemplazar por un semestre a un catedrático titular de Historia y por eso recuerdo a Felipe Osterling Parodi, sentando en su banca como alumno en el segundo año de la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Creo que ya tenía encendida la chispa del escalamiento intelectual, superando, con vocación naciente, su condición de “ni jalado ni sobresaliente”, como él califica en esta obra su paso por el Colegio de “La Recoleta”. Culminaría su carrera universitaria como el más destacado alumno de su promoción; brillante sería después en la Cátedra y trabajando en el Estudio Olaechea del que se independizó formando Estudio propio. En esa circunstancia es que lo llamé para proponerlo como Ministro de Estado en el Despacho de Justicia al Presidente Fernando Belaunde Terry el año 1980.

Su prestigio como jurista lo ganó en la cátedra enseñando primero Derecho Internacional Privado, en reemplazo de Jorge Vega García, notable maestro universitario y juez que despachaba en el 5° Juzgado en lo Civil de Lima, incorporado al ejercicio de abogado en el mismo Estudio Olaechea y tempranamente desaparecido; y ocupando después, en su misma alma mater, la cátedra de Obligaciones. Destacaba ya con luz propia por sus conocimientos y calidad docente. Desde entonces y hasta hoy la vida y la obra de Felipe Osterling no me han sido ajenas. Su “Tratado de las Obligaciones” – 16 tomos – culminada recientemente lo consagra como jurista en la línea de Angel Gustavo Cornejo y José León Barandiarán. No en vano había sentido desde niño vocación por el Derecho pues se nutrió escuchando y admirando a dos grandes figuras del foro nacional que formaban parte de su entorno familiar: Félix Navarro Irvine y Luis Echecopar García.

Es cierto que su iniciación política se debió a mi llamado; pero ese llamado lo hice después de una severa ponderación. El Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada había suprimido en 1969 el Ministerio de Justicia, tras el derrocamiento del régimen democrático presidido por Fernando Belaunde en su primer Gobierno. Se trataba de refundar el Ministerio de Justicia en julio de 1980 con el retorno de la Constitución y la ley. Necesitábamos de un abogado que reuniera muchas condiciones y Osterling las tenía; por eso no pasó por el Ministerio de Justicia como tantos otros, sino que lo rehizo de la nada; y el mejor testimonio de esa tarea que el Perú agradeció se encuentra en su primera obra que él denominó “En Justicia”, en la que narra lo que encontró y lo que le tocó hacer durante el año de su desempeño. He releído lo que escribí “A Manera de Presentación” en febrero de 1983, en las páginas iniciales de esa obra, por lo que varios capítulos de “Páginas del viejo armario” me son conocidos.

Felipe Osterling, en esta nueva memoria, plantea algunas interrogantes sobre los momentos iniciales de su vida política; uno de ellos, en cuanto a mi demora para confirmarle su designación como Ministro de Justicia, que lo mantuvo en suspenso durante muchos días. Puedo decirle ahora que esa demora tuvo sus razones pero no vinculadas a su persona. Fernando Belaunde llega en 1980 a su segundo gobierno con mayoría propia en la Cámara de Diputados, pero sin respaldo suficiente en la Cámara de Senadores. Invitó a todos los partidos políticos a participar directamente en este segundo gobierno suyo. La única aceptación fue la nuestra, la del Partido Popular Cristiano, al que ofreció inicialmente tres Carteras: Energía y Minas; Industria, Comercio y Turismo, y la asignada a Felipe, Justicia. El PPC propuso candidatos para esos tres Ministerios y los comprometió previamente, como en el caso del doctor Osterling. Parece ser que cuando Belaunde ofrece a Manuel Ulloa Elías el Premierato, el gobierno electo y su partido, Acción Popular, consideraron conveniente retornar al Ministerio de Economía y Finanzas el Sector Comercio, cercenándolo del Ministerio de Industria, Comercio y Turismo, lo cual, previsiblemente, crearía problemas, porque se entrampaba toda una visión de la acción gubernativa en esta área. Ahí tuvimos la primera dificultad en los tratos que, por su naturaleza, eran estrictamente reservados. Pero la dificultad mayor la confrontamos cuando se nos comunica, también reservadamente, que habiéndose confirmado la no concurrencia de las otras fuerzas políticas, el gobierno electo consideraba necesario tomar para sí el Ministerio de Energía y Minas, ya comprometido con nosotros, en conversación similar a la que habíamos tenido con Osterling, a favor del ingeniero Ernesto Baertl Montori, hombre brillante en esta especialidad. Las angustias de Felipe, ignorante de estas realidades, eran consecuencia de la naturaleza propia de esas tratativas. Vale esta explicación para quien quiera que lea “Páginas del viejo armario”.

Y esta aclaración es lícita porque a pesar de esos retrasos el primer trote de Felipe Osterling político, se convirtió, gracias a sus experiencias hípicas que también aquí nos relata, en una atropellada memorable.

Resulta que el Presidente Belaunde, en esa mixtura de inspiración y promesa que caracterizaba su oratoria política, había dicho sentenciosamente “no dormiré una noche en Palacio sin haber devuelto los diarios a sus legítimos propietarios”. Entre las creaciones marxistoides del Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada estuvo la confiscación de los diarios de circulación nacional, incautados a sus propietarios “manu militare”, con nocturnidad y sorpresa, mediante decretos leyes y so pretexto de entregarlos a las fuerzas sociales y económicas, tal como ya lo había hecho cuatro años antes con el diario “Expreso”. Y este posesionamiento confiscatorio operaba mediante decretos supremos designando a los directores de esos diarios y a su correspondiente cofradía de acompañantes, sustituyendo así a los directorios de los periódicos incautados.

El primer desafío de Felipe Osterling, confirmado ya como Ministro de Justicia, consistía no solo en refundar un ministerio desaparecido, sino en lograr además que el Presidente Belaunde cumpliera su promesa. Opinaron privadamente juristas, políticos y, por supuesto, los agraviados. Nadie encontraba la fórmula, pues tratándose de leyes expropiatorias dictadas por gobierno de facto y vigentes sus consecuencias, el estado de derecho que se reconstituía no podía mediante simple resolución o decreto derogar leyes e invadir campos que ya correspondían al Congreso por instalarse dos semanas después. Habilitar la noche de ese 28 de julio para que durmiera Belaunde en Palacio, resultaba así muy difícil y cuestionable. Solo sé que Felipe Osterling pagó con sus angustias e insomnios la solución. Y se hizo la luz: si mediante decretos supremos el gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada designaba anualmente el directorio que correspondía a cada empresa y, con igual modalidad, nombraba al director del diario, pues para resolver el problema había que seguir el mismo camino: juramentado el Gobierno dictó ese mismo día un decreto supremo para cada diario, separando a los directorios de la dictadura y reemplazándolos por los directorios de la democracia y, en consecuencia, se designó como nuevo directorio de cada diario a sus antiguos y legítimos propietarios. El huevo de Colón o la simplicidad de Sancho. Belaunde durmió en Palacio y Osterling recuperó su derecho a dormir.

Creo que desde ese momento el Presidente Belaunde tomó tanta confianza en Osterling que nos dio dura batalla, al año, pidiéndonos públicamente que mantuviésemos a Felipe como su Ministro de Justicia, ya que conforme a lo convenido con él, el PPC renovaría cada año sus Ministros mientras durara nuestro acuerdo. Y así se hizo, cumpliendo lo convenido. Recuperamos a Felipe Osterling que asumió la Secretaría Nacional de Política del Partido Popular Cristiano y la desempeñó con el mismo brillo.

Dura fue la travesía jurídica julio 1980 – julio 1981. Para nosotros, coautores principales de la Constitución Política de 1979, el nuevo gobierno tendría que confrontar, entre otras, muy diversas situaciones concretas: devolver hábitos e instituciones democráticas actualizadas a 1980, después de doce años de gobierno militar empeñado en crear un “nuevo orden” que todo lo había desarticulado y muy poco había organizado; recrear el Ministerio de Justicia; atender a la creación de nuevas instituciones básicas: Ministerio Público, Consejo Nacional de la Magistratura, Tribunal de Garantías Constitucionales y todo lo que la Constitución exigía como restitución del estado de derecho; revisar miles de decretos dictados en esos doce años por el gobierno militar y derogarlos o sustituirlos de acuerdo con la nueva Constitución y un auténtico ordenamiento democrático. Toda esta área le tocaba al Ministro de Justicia. Y esa fue la que ejecutó con éxito Felipe Osterling en solo un año. Las páginas de este libro, que son testimonio de su propia vida, cuentan con sencillez y transparencia estos hechos de nuestra vida republicana.

El 21 de abril del 2005 Felipe Osterling cumplirá cincuenta años como abogado y a ello obedece la aparición de esta obra que constituye Memoria de su vida y quehaceres. He conocido de cerca la vida de abogados famosos, frustrados en parte al no poder alcanzar todas las metas que se propusieron, y no por acción u omisión propia sino por resistencia ajena. En el Perú el fenómeno de los celos en la competencia profesional es frecuente y llega a nivel de rivalidades y encono. Nuestras universidades son, más de una vez, el nido donde esos celos se incuban. A veces son provechosos cuando profesionales de la misma especialidad son portavoces de ideas o escuelas contrapuestas y compiten ante un alumnado ansioso de conocimientos. Esa emulación no exenta de “jugadas sucias” resulta siempre útil para la juvenil inquietud intelectual.

El caso de Osterling es muy singular: llegó, paso a paso y puntualmente, a los sitios que se propuso llegar; beca en universidad de Estados Unidos para un post grado, temblando en el camino temeroso de ser desembarcado en cualquiera de los tramos del viaje si el avión se llenaba de pasajeros, pues siendo su boleto de favor solo podía ocupar asiento vacío; y ante esa posible eventualidad el dinero que llevaba en el bolsillo no le permitiría pagar una noche de hotel sin grave desbalance. Volviendo de Nueva York, en 1956, trabaja como abogado al lado de Félix Navarro Irvine, su tío, y a los pocos meses recibe propuesta para ingresar como abogado asociado al Estudio Olaechea del que dice “... por gran distancia el de mayor prestigio en el país, con una clientela del más alto nivel que un Estudio podía desear” y ahí transcurren veintitrés años de su vida profesional. En el año 1964 deja de ser abogado asociado y pasa a ser socio de ese centenario Estudio. Ese año asume la cátedra de Derecho de Obligaciones en la Pontificia Universidad Católica del Perú, y es incorporado sucesivamente en el Consejo Directivo de la Facultad de Derecho y en los Consejos Académico y Económico de la Universidad, en la que, después, por voto secreto y unánime de los profesores, es elegido Decano de la Facultad de Derecho. Esa década – 1970 – corresponde al Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada y en la Pontificia Universidad Católica del Perú, más que en cualquier otra universidad, el alumnado entra en confrontación interna en el área de las ideologías políticas y vive momentos de evidente exaltación. Allí tiene Osterling su primer campo de experimentación poniendo orden con firmeza y sin violencia.

Sostiene Felipe que en cada trance de su vida una especie de hada protectora lo ha ayudado a resolver problemas y escalar posiciones. Pretextos de modestia verbal. Creo que su carácter sereno pero firme, tenaz pero sin porfía, libre de fundamentalismos siempre sectarios, abierto para escuchar y lúcido para resolver, han sido, independiente o concretadamente, los imanes que lo han aproximado a sus metas. Pero también la seguridad en sí mismo con cierto arrebato audaz: llamado la víspera de iniciarse el año 1971 por su maestro universitario y Vocal de la Corte Suprema de Justicia don Andrés León Montalbán, recibe la noticia de que la Corte Suprema de la República lo ha designado su representante en la Comisión Reformadora del Código Civil, instalada años atrás pero detenida en sus trabajos. Menudo privilegio. La Corte Suprema, en vez de nombrar a uno de sus miembros, lo había escogido a él. Tardó en percatarse que el representante de la Corte Suprema presidía la Comisión Reformadora, la que estaba integrada por eminencias que habían sido sus maestros y sus jefes en el trabajo profesional: José León Barandiarán, Félix Navarro Irvine, Jorge Eugenio Castañeda, Max Arias-Schreiber Pezet, Jorge Vega García. Osterling tenía entonces treinta y ocho años y pasaba a presidir en tareas concretas de jurista al más esclarecido grupo que en ese momento tenía el Perú. No se amilanó. Catorce años duró su tarea que culmina con la promulgación del Código Civil en 1984.

Otra jornada memorable en su vida y en la misma línea profesional lo esperaba. Él mismo confiesa que constituyó sueño de su vida desde que era estudiante universitario “alcanzar el mayor honor al que podía aspirar un abogado que era el de ser elegido Decano del Ilustre Colegio de Abogados de Lima con doscientos años de vida”. Dio batalla y ganó una vez más. Cuenta en esta obra: “... si alguna vez me ha invadido una felicidad plena y total –con excepción del contexto familiar- fue el día que resulté elegido Decano del Colegio de Abogados de Lima el inolvidable 19 de diciembre de 1994. Rebosante de alegría no sabía qué hacer conmigo mismo. Sentí que era todo cuanto podía y debía esperar como compensación en mi carrera profesional y de entrega en mi vida a los valores morales, intelectuales y cívicos del derecho”. El voto de más de cinco mil abogados lo había consagrado como Decano de la Orden; más del cincuenta por ciento de los abogados en ejercicio. Su paso por el Decanato del Colegio también fue memorable y cumplido sin estridencias ni destemplanzas.

Su consagración como jurista de relieve superior es su “Tratado de las Obligaciones”, en cuyo Tomo I de los dieciséis que integran la colección escrita en compañía de su discípulo Mario Castillo Freyre, Fernando de Trazegnies Granda, Presidente del Fondo Editorial de la Universidad Católica, dice de Felipe Osterling: “abogado ilustre, legislador sapiente, admirado profesor universitario, político digno, ha encontrado afortunadamente todavía tiempo dentro de tantas y tan apremiantes ocupaciones para realizar una reflexión monumental”. Y el doctor Guillermo A. Borda, muy destacado jurista argentino, al prologarla escribe: “... esta obra excede largamente de un prolijo comentario del Código Civil de 1984; es una obra de un significado universal, de la que no podrá prescindir ningún estudioso del derecho civil y que honra a la literatura jurídica peruana y latinoamericana”. Y a manera de presentación su entrañable amigo y consocio Max Arias-Schreiber Pezet dice: “El Tratado de las Obligaciones de Felipe Osterling Parodi y Mario Castillo Freyre se ubica como una de las más extraordinarias contribuciones al Derecho Civil a nivel mundial. Enriquece con generosidad la doctrina civilista peruana y extranjera y constituye un aporte que consagra en forma definitiva a sus autores, demostrando plenamente la existencia y avances de la Escuela Peruana de Derecho Civil”.

No imaginé que este asentado profesor universitario e ilustre jurista fuese, al escribir, propietario de una bonhomía contagiosa por alegre y de una vena literaria que le permite narrar con sencillez de confidente costumbres y usos propios de la época que le ha tocado vivir.

Nacido en el seno de una familia conocida y conservadora, todo lo que Osterling nos cuenta de su infancia no puede ser extraño para centenares y miles de hombres de hoy que corran entre los cuarenta y setenta años. Nos relata su vida escolar desde kindergarten en el Colegio de “La Recoleta”, ubicado entonces en la esquina de Wilson con Uruguay, que culmina en 1947, una década después. Fueron los años vinculados al nazismo y al fascismo, pero también a la Segunda Guerra Mundial –1939-1945– y a la dura lucha por la democracia, que Osterling vivió en un recinto de sacerdotes franceses que sufrían desde la lejanía la ocupación del territorio patrio y que siguieron, día a día, las contingencias de esa guerra. ¿Cuánto influenció en la forja de su mente esta relación tan próxima al sentimiento libertario francés? Todo permite suponer que esa etapa fue gravitante en el camino de su vida: la gesta de Francia durante la resistencia reflejó siempre su tenaz y heroica lucha por la libertad de todos y por la propia identidad nacional.

Palomilla de barrio y cercana su casa al Estadio Nacional, el fútbol lo absorbe más que los estudios; mudado tiempo después, dentro de la misma zona, a una casa contigua a la de sus abuelos, el chico travieso reúne a los amigos del barrio y algunos de la legión de primos hermanos –cerca de cuarenta por el lado Parodi y, más moderados, solo dieciocho por los Osterling–, convence a los abuelos para convertir un pequeño depósito de la azotea, con ingreso propio, en el local del club en el que se reuniría la muchachada, constituyéndose todos ellos en ocupantes precarios de ese cuartito destinado a ser depósito de los trastos en desuso. Confiesa Felipe, y su físico actual no admite error, que a pesar de su “irrefrenable vocación por el fútbol nunca llegó a ser un buen jugador”, pues muchacho “tieso y duro” –típico de quienes jugaban en la línea media–, cuando en el equipo contrario había un buen puntero izquierdo, veloz, ágil y con cintura, lo dejaba “arando”. Eso sí –y aquí desaparecía momentáneamente el futuro hombre de Derecho– en la emergencia... pasaba la pelota pero no el jugador. En las “sesiones”, como en todo club de muchachos de trece años, no eran extraños en el local ni la timba, apostando un “chico” o un “gordo” –el medio, el real, la peseta y el medio sol eran palabras mayores–, gracias a la propina semanal, ni las bocanadas de tabaco negro, marca Inca, acompañando toda discusión con las interjecciones correspondientes. Así fundó el “Club Salaverry” en el que ejercía derechos de propietario, autoridad que extendía a la cancha notificando sin palabras: “o juego yo o me llevo mi pelota”.

En esa época las clases en el colegio se recibían también el sábado por la mañana y a las doce en punto –franceses en “La Recoleta”– cantaban el Himno Nacional y La Marsellesa. En la tarde se jugaba el fútbol y en la noche, quinceañeros ya, iban a fiesta con baile a las que, cuando no eran invitados, procuraban “colarse”. La mañana del domingo –colegio de religiosos– había reunión en el patio para ir uniformados y marchando a la misa en la Iglesia de la Plaza Francia, pero no por la calle cruzando la avenida Uruguay, sino por el túnel que conectaba el colegio con la Iglesia. Terminada la misa nuevamente fútbol en la cancha que era el patio de recreo, no de grama “sino de asfalto burdo y áspero”, nada recomendable para caídas pues siempre dejaba su sello en las rodillas, peor si venía después de un planchazo. La lluvia y los charcos en el patio cancelaban la opción a todo encuentro. La tarde del domingo también tenía su sello de cumplimiento obligatorio pero motivado y voluntario: el Estadio Nacional para ver los partidos de ese día pasando en el camino por la bodega del chino de la esquina, donde se compraban los cuatro o cinco “fallos” que eran los cigarrillos sueltos que acompañarían la tarde de fútbol, y la vermouth de la noche previo pase por la chinganita del barrio donde por cinco reales se tomaba lonche: una butifarra y un café con leche. Por cierto en el cinema se miraba la platea desde la cazuela –no había plata para más– en los cines del Centro de Lima: el Colón, el Metro, el San Martín o el República, donde se aplicaba, igual que en las fiestas donde no se era invitado, toda la habilidad necesaria para colarse cuando la película era “para mayores de dieciocho”. Eso sí, tenía que estar de retorno en la casa a más tardar a las 9.00 p.m. para cenar con la familia presidida por los abuelos y con menú ya conocido: caldo de pollo, asado con ensalada y algún postre que el abuelo había comprado.

Como escolar Osterling confiesa que entre los cincuenta y tres alumnos de la clase su puesto habitual estaba por el número veinte, “medianía sin lauros”, lejos no solo de medallas y estrellas sino también de los premios consuelo que se otorgaban en los colegios religiosos por conducta, asistencia o puntualidad. Es sabroso leer en la obra las páginas que Osterling dedica a la normalidad de esa feliz rutina.

Confiesa el autor que mirando retrospectivamente se explica ahora por qué muchos de sus condiscípulos nunca entendieron su viraje cuando asumió el estudio del Derecho con obstinación casi maníaca en la Universidad Católica, así como tampoco pudieron adivinar su pasado escolar los maestros que en Nueva York le enseñaron durante el post grado cuando estudiaba como un poseso para defender la beca que había obtenido. Pasó para siempre la época de los doces y catorces y se instaló en él la vocación por la lectura y la codicia por calificaciones de excelencia, sin dejar, en todo lo demás, de ser como era.

Me tocó conocerlo en esos inicios pues estaba despertando mientras cursó estudios generales en la Facultad de Letras. La luz intensa que hasta hoy brilla en él apareció cuando estudió en la Facultad de Derecho. La abogacía era su real vocación.

Cuenta Osterling con fluidez de estampa costumbrista, cómo tenía que compartir todo muchacho de familia no acaudalada los dieciséis años de edad, entre el estudio y el trabajo pues ya no había sitio para la propina paterna y semanal. Así se inicia, con el apoyo de su padre, como cobrador de alquileres en la Compañía de Seguros Rímac, que administraba diversas fincas diseminadas en el Centro de Lima y los diversos balnearios. Abastecidos los bolsillos con la modesta comisión de las cobranzas logradas a expensas de la suela de los zapatos, tuvo que ampliar su propio horizonte “profesional” con nuevos encargos como cobrador y aprendió, en esa tarea, a conocer los estratos de nuestra sociedad real, pues la cobranza comprendía a inquilinos de diversos niveles; comprobó así como los más modestos tenían preparado el sobre para cancelar el recibo del mes, mientras que la informalidad no era extraña en muchos de quienes se suponía aristocráticos o adinerados; y los recuerda a todos pues si bien los arrendamientos mayores aparejaban una comisión mayor, también se acrecentaba el desgaste de la suela de los zapatos que iba en razón directa de las cuatro o cinco veces que lo hacían regresar para pagar el recibo, peor aún cuando las cobranzas eran en La Punta o Barranco, lo que obligaba al uso del tranvía durante cuyo recorrido los atractivos del paisaje no compensaban su angustia pensando ¿me pagarán o me harán volver? Estos viajes lo familiarizaron con la Plaza San Martín a la que tenía que recurrir para tomar el tranvía hacia la Punta en La Colmena, entre el Bolívar y el Bar Romano, o la otra línea que estacionaba colindante con la misma Plaza San Martín hacia los balnearios del sur.

Una linda página aplicable a todos los estudiantes de Derecho en ese tiempo es el relato que Osterling hace en el capítulo de su vida como amanuense y practicante: “La vida de un practicante de entonces era austera, formativa, escasa en recursos, abundante en responsabilidades. Siempre con mucho trabajo por cumplir, muchos cursos por aprender y muy poco dinero en el bolsillo; podría decirse que nuestra vida de estudiantes y amanuenses era casi monacal. Vestíamos sin ostentación y un terno tenía que durarnos muchos meses, hasta que juntáramos el dinero para comprarnos otro. Pero a nadie se le ocurría comentarlo o convertirlo en objeto de sátiras”. Cuenta que la gran expectativa de la semana consistía en llevar a la enamorada al cine Leuro o al Ricardo Palma y, cuando la semana había sido generosa en amanuensía y tipeo, invitarle a la salida del cine, “con las justas” un milkshake y una hamburguesa en la heladería Tip Top en la avenida Arenales o en algún local parecido, donde el consumo era “de a pie” y no se pagaba propinas. El famoso Cream Rica, ubicado en la avenida Larco de Miraflores, cómodo y moderno, era mucho más caro y para los profesionales. A más de uno le sirvió para ocasiones especiales y solemnes, como una declaratoria de amor.

“Creo –nos dice– que si algo he logrado hacer en mi vida profesional y pública se lo debo a mis padres, a mis maestros del colegio, a los profesores de la universidad y a mis maestros de práctica. Nos educaron bajo normas de austeridad en lo personal y de responsabilidad en el trabajo. Nos convirtieron en personas trabajadoras, capaces de esfuerzo y entrega, aptos para asumir responsabilidades y cumplir con cada una”.

Pero como “nunca dejó de ser como es”, capítulo independiente es su relato bajo el título “El amor en los tiempos del Derecho”. En su infancia, seguramente pasó por esa etapa común de los ocho a los once años en la que después de travesuras y juegos preguntaba con el simplismo de la inocencia ¿“quieres estar conmigo”?; y tales compromisos podían repetirse varias veces haciendo y deshaciéndolos, con esa extraña visión inocente de un futuro ignorado, exponiéndose, a lo más, a que otros chicos de la misma edad comentaran entre ellos “... es un maricón, se junta con mujeres”; o a la romántica y llorona pubertad cuando, a los catorce años, enamorado de una chica mayor, esperaba en la Iglesia verla pasar después de comulgar, hablarse con los ojos y suspirar él, para terminar algún día lloriqueando porque “... me dejó”. Algún universitario la merodeaba y él estaba en tercero de media. Pero Felipe en este capítulo nos narra sin pudor la verdad de su historia amorosa “desde la primera vez que me enamoré en serio”, nos dice. Y así desfilan La Pollo, Viruca, la chica de Barranco y la del Villa María, también Miss Susy, joven y atractiva profesora norteamericana que le ayudó perfeccionando su rudimentario inglés en el Instituto Cultural Peruano Norteamericano. Siempre inseguro y cambiante “saltando de flor en flor, en romances efímeros y deslumbramientos fugaces”, casi cínicamente dice “todas me gustaban y me enamoraba de cada una el tiempo preciso para conocer a la próxima”. Hasta que llegó Fina ... y todo comenzó distinto. Muy solapa él, muy becario y muy estudioso sacó los pies del plato en Nueva York, muy lejos de Fina, su señora poco después y su dueña desde entonces.

Pienso que “Páginas del viejo armario” tal vez lo sean en sentido puramente mecánico y acumulativo de los recuerdos archivados, pero tienen la frescura y el buen aliento de la madera joven, más cerca del bosque original que de los trastos arrimados en el desván.

Alentado por la anterior evidencia, prosigo.

Al asumir el Ministerio de Justicia (1980) Felipe Osterling se desconecta del Sporting Cristal, equipo de fútbol que durante quince años lo contó entre sus dirigentes. Pocas páginas tan anecdóticas como aquellas en que relata la noche entera que pasó en una comisaría de Buenos Aires repartiendo pizzas y botellas de leche a los veintidós jugadores del Cristal y Boca Juniors, detenidos y procesados con ocasión de disputarse la Copa Libertadores de América en el verano de 1971. Resulta que como una deferencia fue designado Presidente de la delegación del Sporting Cristal rumbo a Buenos Aires para competir con el Boca Juniors en la famosa Bombonera. En Lima se había ganado al Boca por dos a cero por lo que era de esperar la venganza del adversario en su propia cancha. El partido se transmitía por satélite. Los peruanos empatan cinco minutos antes que el partido finalizara y estando 2 – 2 se inicia una gresca, se generaliza la trompeadera y Suñé, defensa del Boca, banderín del corner en mano, persigue a Alberto Gallardo por la mitad de la cancha. De pronto Gallardo se para, da media vuelta y con una chalaca al mejor estilo alcanza la cara de su perseguidor con los toperoles del botín y Suñé cae sangrando. Restablecido el orden por la fuerza pública el árbitro sacó tarjeta roja y expulsó a la totalidad de jugadores de ambos equipos y dio por terminado el partido sin que nadie pudiera explicar cómo había empezado la gresca. Osterling, presidente del club deportivo en gira internacional, había tenido bautizo con sangre y no sabía, ya en el camarín, si felicitar a los jugadores por el empate, reprenderlos por la situación de violencia, consolarlos o sabe Dios qué. Seis jugadores peruanos estaban seriamente lesionados y se debatía si llevarlos o no a una clínica cuando alguien tocó enérgica e insistentemente la puerta. Era un teniente de la Policía acompañado de un pequeño pelotón de efectivos, preguntó por el responsable del equipo y lo notificó “el once va preso”. Osterling pensó que estaban hablando del asunto Suñé – Gallardo quien jugaba con el número once e intentó su defensa personal. El teniente lo cortó y dijo lacónicamente: “los once van presos, todo el equipo está detenido y me acompaña a la seccional”. Resulta que conforme a una disposición legal en Buenos Aires cuando se producen agresiones en el campo de juego los responsables van a prisión por treinta días. Tétrico silencio y sin comentarios salieron todos del camarín escoltados por los policías camino a la comisaría y en medio de silbidos de indignados hinchas del Boca que comenzaron a tirar piedras y hasta ladrillos. Para Felipe Osterling nunca se borrará el mal recuerdo de la Seccional 24 del barrio de La Boca en esos momentos: inerme, sin autoridad y preso en una comisaría de barrio en el extranjero y en día feriado. Pronunciarse sobre la detención, desde ese instante correspondía solo al Gobernador de la Provincia de Buenos Aires. Nuestros jugadores recordaron el viejo dicho “mal de muchos remedio de tontos” cuando vieron llegar el autobús que traía al equipo argentino con los dirigentes del Boca Juniors. Temieron que un traslado de la cancha a la Comisaría pudiera reiniciar la gresca; pero, “en el dolor hermanos”, la solidaridad entre los detenidos transformó el encuentro en una cordialísima relación, todos se acomodaron en el corredor, charlando sentados en bancas o en el suelo negándose a ingresar a las celdas disponibles. La única celda ocupada lo estaba por una prostituta que con voz lastimera explicaba que no tenía dinero para cancelar los quinientos pesos que le había impuesto el Juez de Faltas. Dice Osterling que ante ese drama los feroces combatientes de unas horas antes, conmovidos casi hasta las lágrimas por la prostituta, hicieron colecta y liberaron a la mujer. Por cierto ni embajador ni cónsul fueron habidos y allí durmieron después de saborear unas suculentas pizzas traídas por un anónimo hincha del Cristal que de puro fanático viajaba por su cuenta cada vez que el club salía de gira. Peruanos y argentinos dieron cuenta de las pizzas y de los botellones de leche, acompañados, en este menester, por los policías que compartieron comida con los detenidos. Fieles a nuestra alborotada tradición, en Lima varios grupos de frenéticos se habían reunido frente a la Embajada argentina para apedrearla y el saldo fue lunas rotas y noticia internacional. El Presidente Osterling fue informado por alguien que el Presidente Velasco Alvarado estaba irritado en razón del incidente. Grata fue la sorpresa cuando al día siguiente un conserje de la Embajada del Perú en Buenos Aires fue portador de un telegrama lacónico y castrense de Velasco: “Señor doctor Felipe Osterling. Felicítole por la hombría, entereza y coraje con que ha jugado anoche el equipo cuya delegación usted preside. Afectuoso saludo.” Nuestro embajador intervino. El Gobernador de Buenos Aires sancionó severamente con treinta días de cárcel a los veintidós jugadores y, momentos después, los indultaba dejándolos en libertad. La condena y el indulto se dictaron en actos sucesivos e inmediatos. Así salieron los jugadores de la Seccional 24 y Osterling con ellos.

Universitario aún, su experiencia de joven turfman no deja de ser indicativa como expresión de un fenómeno frecuente en jóvenes que fijaron proyectos y aficiones en las primeras décadas de la segunda mitad del Siglo XX conforme prosperaban en el camino de la vida. Así como el colegio fijó en él amistades y aficiones, es la Universidad Católica, con alumnado heterogéneo de clase media y sectores de familias prominentes, la que incentiva en Osterling una rápida sustitución del club de barrio hacia costumbres aristocratizantes. Viviendo en la zona, el Hipódromo de Santa Beatriz, actual Campo de Marte, le era tan próximo como el Estadio Nacional, y la afición hípica la vivió en su infancia mirando la competencia de los caballos y asistiendo al hipódromo, acompañando a sus padres. Pero la ambiciosa pretensión de ser “dueño de un stud” lo contagia en la universidad. Muchachos aspirantes ya sobre los veinte años maquinan, él y amigos de nombres conocidos, participar en el espectáculo hípico no en la situación de simples veedores, sino de dueños de algún caballo que corra el domingo próximo; y sin preguntar mucho de qué se trataba se asociaron cuatro universitarios, todos ellos de buen apellido pero que al igual que los viejos castellanos de la Conquista estaban “llenos de blasones pero escasos de doblones”. Juntaron el poco dinero que podían reunir y constituyeron un stud con lo que se matricularon, así lo creyeron, en un buen nivel en el turf. Todos habían visto correr a “Meissen”, crack imbatible en el hipódromo, y estaba a la venta “Miss Meissen”, hija del célebre caballo, y la compraron. Como el Quijote, habían adquirido una yegua fea y flaca, cuyos huesos asomaban por todas partes y a la que el mismo Felipe califica como alta, calancona y desnutrida. Y a ella se dedicaron esperando un milagro. Estudiantes de Derecho, todos ellos pusieron más su talento de abogados que sus conocimientos hípicos para redactar con escrupulosidad profesional el contrato de compra venta de “Miss Meissen” y después para fundar y matricular el stud al que bautizaron como “Los Hinchas”; discutieron los colores y diseño de la casaquilla con los que correría la yegua, decisión que delegaron en Osterling quien combinó los colores azul del Alianza Lima con una franja dorada y horizontal que era del Boca Juniors. Aprendieron la verdad a golpes cuando a “Miss Meissen”, desacostumbrada a comer, le dio un cólico que los obligó a permanecer toda la noche esperando que los veterinarios la salvaran, corriendo a cargo de ellos entretenerla y pasearla para que no se tumbara pues entonces el diagnóstico estaba dictado: muerte segura. “Miss Meissen” les agradeció el esfuerzo llegando a placé en una de sus carreras y ocupando normalmente el puesto cuarto cuyo premio en dinero permitiría mantener su alimentación a buen nivel aunque siempre dentro de la categoría de perdedores. Cuenta Felipe que un domingo fatídico la yegua cometió la imprudencia de ganar la carrera, única en su vida, pues salió de perdedores y entró a competir en la correspondiente clasificación. Esa tarde del triunfo todo el hipódromo coreaba con humor sarcástico ¡Vamos “Miss Meissen” ... Vamos “Miss Meissen”! al final de la atropellada victoriosa. Los jóvenes propietarios recibieron con sabor amargo las risueñas felicitaciones. El triunfo fue el comienzo del final. “Miss Meissen” llegaba arriando, siempre a veinte o treinta cuerpos del penúltimo, y ya no daba dinero. Esta única pupila del stud ”Los Hinchas” adquirió en propiedad y patentó para sí, el derecho de llegar última en toda carrera en que participaba. Imagino que sus propietarios ya no deseaban asistir al hipódromo para soportar la risa burlona y directa de los “habitues” cada vez que corría su pupila, por lo que, reunidos en Junta General Extraordinaria, los cuatro jóvenes propietarios decidieron deshacerse de la yegua; pero ...¡oh desencanto!, encontraron que nadie la quería ni como vientre para madre ni para jugar polo, por calancuda; les parecía cruel sacrificarla para convertirla en salame, por lo que decidieron regalarla a otro aficionado parecido a ellos que agradeció sin preguntar y se la llevó al hipódromo de Porongoche en Arequipa. El ensayo aristocrático había sido aleccionador.

Son cautivantes los múltiples relatos que con mirada retrospectiva y transparente, siempre positiva cuando no alegre, nos obsequia Felipe Osterling a lo largo de esta autobiografía que refleja, en muchos aspectos, la vida real de numerosos jóvenes de su tiempo, militantes en una clase media con aspiración y empuje. Verdaderas estampas fotográficas en la descripción y sobrias en el elogio, cuando traza rasgos biográficos de grandes personalidades a las que trató con cercanía: José Luis Bustamante y Rivero, Fernando Belaunde Terry, Mario Polar Ugarteche, Félix Navarro Irvine, Luis Echecopar García y tantos más presentes y alternados en este largo relato que se lee como pequeña novela optimista y seria. La realidad de la vida de Osterling no solo es un relato interesante y entretenido sino aleccionador.

La vida colocó a Felipe Osterling, maduro ya y entero, en el primer nivel de la política nacional. El testimonio personal que aquí nos da y que prefiero dejar a la curiosidad del lector y al juicio de los críticos, adquiere niveles inéditos y trascendentes cuando escribe la verdad que le tocó vivir enfrentando por las circunstancias a Alan García y a Alberto Fujimori, en el tiempo que cada uno de ellos ejerció la Presidencia de la República.

Fue Osterling el primero que percibió la gravedad del anuncio que hiciera Alan García en su Mensaje a la Nación el 28 de julio de 1987 ante el Congreso, decretando la estatización de la Banca, lo que contrastaba con lo que habían dialogado, minutos antes, pues le correspondió a Felipe Osterling integrar la comisión que, conforme a protocolo, el Parlamento envía a Palacio de Gobierno para invitar al Presidente de la República a concurrir al Congreso para la lectura de su Mensaje al Perú con ocasión de Fiestas Patrias. Fue él quien denunció la gravedad de la medida y sus consecuencias previsibles; fue suya la única voz premonitoria que, concluido el Mensaje, anunció a la prensa nacional los riesgos y daños de esa decisión gubernativa. Ex presidentes, dirigentes políticos, parlamentarios de todas las tendencias declararon al terminar la ceremonia del mensaje presidencial, y si se revisan los diarios del 29 de julio de ese año todos ellos dan prioridad a las exposiciones de Osterling, contrastadas con las débiles y cautas declaraciones de quienes no habían percibido la gravedad del anuncio o preferían tomarse su tiempo antes de opinar. Correspondió a Osterling, Senador de la República, encabezar la resistencia liderando la oposición, debatiendo durante meses en el recinto del Senado y escarmentando la iniciativa del gobierno para mostrar su letal contenido. Le tocaría después, ya Presidente del Senado, dirigir el complejo debate durante el juicio político al ex Presidente Alan García que concluyó con formal denuncia ante el Poder Judicial. En estas páginas se lee el relato de quien fue actor directo en ambos momentos históricos y su dicho pasará a constituir fuente de obligada consulta para quienes traten de esos temas más allá de lo que aparece oficialmente en el Diario de los Debates y en las presunciones del comentario periodístico, pues, como en todo acontecimiento histórico, la verdad se construye y asienta con el tiempo decantando los datos y versiones de la crónica mediática.

Igual valor testimonial tienen sus relatos al detalle, de circunstancias no conocidas, respecto a la conducta extraña y huidiza pero calculada que observó Alberto Fujimori durante los actos preparatorios del autogolpe de estado de 5 de abril de 1992, fecha en que disolvió el Congreso y se autoerigió como autoridad única e inapelable. Aquí se relatan hechos no conocidos que precedieron y acompañaron esa ruptura constitucional cuyas consecuencias aún sufre y debate el país. Osterling y Roberto Ramírez del Villar, elevados a la Presidencia de las Cámaras de Senadores y de Diputados, respectivamente, sufrieron confinamiento domiciliario y silenciamiento real como castigo por su gesto viril en defensa del sistema democrático. Para Osterling fue menos tensa su posterior lucha para alcanzar el Decanato del Colegio de Abogados o la que, en su momento, tuvo para ganar la Presidencia del Senado de la República, esta última en circunstancial discrepancia con el Presidente Belaunde, senador vitalicio, a quien siempre profesó respeto mas no acatamiento incondicional.

El contenido de estos capítulos que corresponden a la etapa de su vida cuando las circunstancias y sus merecimientos lo colocaron en el nivel superior, alternando con las más altas autoridades de la República, serán merituados por quienes ocupándose de estos acontecimientos, ocurridos hace dos décadas, ingresan a ser examinados recién con la severa objetividad que solo el tiempo permite.

Narrado con amenidad y estilo es un libro que atrapa al lector, de modo que ya no abandona una lectura que quizás no lo había tentado por sí sola, de no ser especialista en Derecho o ciencias políticas. Sentando frente a sí mismo y con el otoño de su vida, Felipe Osterling hace el balance de su vida. Pero descubre ante ella que solo tuvo primaveras. Libro optimista si los hay, jovial en el retrato de sí mismo y sin estruendo, acartonamiento ni solemnidad respecto de la propia obra, se disfruta la lectura de Felipe Osterling con la sensación de ser uno mismo protagonista y estar invitado a la gran aventura de vivir en el Perú siete décadas del sigo XX.

El señor doctor don Felipe Osterling Parodi ha conquistado para sí, vivo y actuante como está, un espacio de méritos y prestigio ya reconocidos en el país; y estas páginas nos dicen por qué.

Lima, febrero de 2005

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